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El terrorismo de estado


Jorge Paredes Romero
Periodista y humanista peruano



Hasta hoy, se ha escrito y magnificado todo lo referente a las reacciones populares, frente a los abusos de las oligarquías, calificándolas como “terrorismo delincuencial”. Siempre se han menoscabado las justas reclamaciones que hace el sector más apabullado de la población peruana, los obreros, artesanos, agricultores, pescadores, transportistas, maestros, policías, sector asistencial, etc., es decir la masa productora del país, ya que todos ellos son los verdaderos hacedores de riqueza. Sin la mano de obra, el capitalista estaría cruzado de brazos, con su dinero inactivo; ellos no tienen el ergo, tienen el dólar, mas no la capacidad de transformar el trabajo en riqueza; es el hombre de labor, el que abre surcos, tiende redes y atiende máquinas; es el que se adentra en túneles y socavones, arriesgando su vida para extraer las riquezas y transformarlas en dinero contante y sonante; sin embargo es maltratado, vejado y explotado de vil manera.

Y cuando ese sector vapuleado, reclama y con energía sale a las calles, como última medida de protesta, es reprimido y coaccionado con gases, fusiles, balas y tanquetas, para que vuelva a la tranquera a seguir produciendo, bajo míseras condiciones de vida y sustento. De manera que no es terror el reclamar, es un justo derecho de buscar el acceso a formas de vida dignas y con calidad. Terror es arrinconar al ciudadano, gasearlo, apalearlo y hasta asesinarlo con la impunidad a su favor con la ley 30151 desde el 13 de enero del 2014

Cómo puede un maestro y su familia sobrevivir con treinta soles diarios? Para quienes nos leen del exterior, sepan que eso significa US $ 10.00, si, diez dólares diarios. Me pregunto podría Ud. junto con su esposa y dos o tres niños vivir con diez dólares diarios. ¡No, definitivamente no!, sin embargo esa es la realidad de un maestro peruano. Con esos diez dólares diarios tiene que movilizarse, dar alimento a su familia, vestido, educación y construir su casa, buscar recreo. Mientras funcionarios de gobierno ganan mínimo S/. 1000.00 a mas por día, es decir ellos ganan en un día lo que un maestro gana en un mes. La diferencia es astronómica y no estamos hablando de aquellos que ganan más.

Pregunto: ¿Logrará un maestro acceder a todos esos beneficios de alimento, vestido, recreo e información con diez dólares diarios? ¡No, otro rotundo no¡ y así tendíamos que pronunciar una serie de no a cuánta pregunta se haga sobre bienestar social. Esa gente se enferma y tenemos una Seguridad Social que nos da paracetamol y diazepan para aliviar el dolor, dormir y así olvidarnos de nuestras penas. Y ese cuadro se repite para toda la masa trabajadora del país. ¡Qué maravilla, no? Y eso es para los que trabajan y en calidad de sub empleo, porque la tasa en desocupados en Perú es altísima. Y los jubilados y los pensionistas?

Consideramos que el terror como mecanismo de disuasión es algo que tiene data muy antiquísima, tal vez desde la aparición del hombre en la tierra, cuando tenía que hacer uso de pinturas y máscaras para infundir terror en el contrario, aún a las bestias salvajes, que amenazaban su integridad, para ello usaban el fuego y el ruido. De manera que no es algo novedoso, ni propio de los últimos siglos. El reinado del terror ha sido un nefasto e histórico momento en las revoluciones, por ejemplo en la época de la revolución francesa cuando girondinos y jacobinos se esmeraban por prevalecer; ni que decir en la revolución rusa y hasta en la época de la guerra civil española o en la propia guerra de la secesión norteamericana. Creo que ninguna guerra se ha visto exenta de la presencia de ese mecanismo disuasivo, donde hubo guerra, hubo terror; donde hay enfrentamientos el terror subsiste como parte de la metodología de lucha.

En los tiempos del nazismo y fascismo, como hoy en las “democracias”, el terror es un arma contundente en manos del cerebro calculador dominante. No se puede decir que necesariamente la actitud del pueblo es terrorista, ni menos adjetivarla como delincuencial, más bien diría que son los resentimientos de una masa oprimida, que llegan a un grado de presencia, que exceden los umbrales de resistencia; esto unido a la provocación que significa la presencia de gente armada que amenaza su integridad, exacerba los ánimos y se pierde el control produciéndose muertes, heridos, desmanes y excesos lamentables.

Una sola vida perdida es ya un precio muy alto que tiene que pagar un pueblo que demanda justicia social, una sola gota de sangre es más que suficiente para darle significancia a una protesta que un pueblo escribe cada día con sudor y lágrimas y que ahora le es demandada rendir su sangre y sus vidas para tal vez puedan reaccionar en pro de encontrar una respuesta que aplaque el dolor y el sacrificio, que hasta aquí ha demostrado una población pisoteada por siglos y que requiere una mínima muestra de sensibilidad y que la vergüenza aflore a los rostros de quienes altivamente renuncian a pedir perdón al pueblo peruano.

Pero ello puede evitarse, estos enfrentamientos serían innecesarios si hubiera concordia, justos salarios, si las diferencias adquisitivas fueran comprensibles y no humillantes. Los mismos protagonistas de estos enfrentamientos sufren las consecuencias de estos males, ya que tenemos una policía mal pagada, sin una logística de sostén adecuada, fuerzas armadas con fondos desequilibrados, presupuestos dirigidos a tanques, fusiles y municiones, a privilegios de la alta oficialidad, pero no orientados a bienestar social, alimentación y vestimenta de la tropa, más aún cuando se sabe que hay latrocinio y coimas en el gasto operativo. Dentro de la masa represiva existen individuos que se enmascaran tras la institución castrense y cometen barbaridades. Hasta se comenta que puedan ser rezagos de los que cometieron crímenes en la gestión anterior y pretenden desestabilizar el régimen actual. ¡Puede ser¡. No olvidemos de los cientos de oficiales comprometidos en crímenes de lesa humanidad, que arrastraron a suboficiales y tropa a asesinatos masivos, que escondiéndose tras un alias arremetieron contra poblados, diezmándolos o liquidándolos sin miramientos al estilo de My Lai.

En Perú tenemos una serie de cruentos sucesos, en donde murieron inocentes civiles, madres de familia, periodistas, niños, maestros y estudiantes, inclusive sus propios compañeros de armas asesinados por ellos mismos, todos en manos de malos militares que seguían ordenes de generales y de presidentes, así que no puede la elite política – gubernamental, eximirse de responsabilidad. Actualmente vemos que dentro de las instituciones castrenses existen malos elementos, como rezago de quienes ingresaron a esos institutos armados en épocas donde no había una clara selección profesional del personal que ingresaba a postular. De manera que allí tenemos una más clara delineación de quienes cometen esos actos, como perfectos delincuentes, ya que quienes recibieron formación para defensa, protección, orden y pervierten sus actos hacia el crimen, ventaja, robos y secuestros, envestidos de uniformes e identidad castrenses, son siete veces más culpables y revierten esa responsabilidad en el sistema que los ampara y tutela, en un errado espíritu corporativo, donde muchas veces esos delitos se diluyen en la impunidad y prescriben inexplicablemente.

Los pescadores están expuestos a desaparecer en un mar ávido en tragarse embarcaciones mal equipadas, cada día los obreros arriesgan su vida al tomar dos o tres carros para llegar a su “centro de explotación”, un maestro que se formó para educar no tiene tiempo para leer y preparar sus clases porque a la salida del plantel donde labora tendrá que tomar el volante de un taxi y trabajar extra para sostener su hogar deprimido y a veces muere en manos de criminales y desadaptados, a médicos y enfermeras que tienen que trabajar extra, a policías que tienen que cuidar bancos y exponer su vida y a muchos jóvenes que no tienen más alternativa, por sus escasos valores adquiridos en una sociedad corrupta, que tener que terminar como ”fletes” o “masajistas”.

Esa situación hizo insurgir a la gente, que cansada de tanto abuso reaccionó, no es que los apagones y los jarritos de agua aparecieron de la noche a la mañana. La misma situación de privilegio de los entorchados es también razón de rebeldía, no hay que olvidar que los reclutas y sargentos tienen ojos y oídos y también tienen dignidad y se cansaron de las patadas en el trasero que reciben de sus agringados, rentados y privilegiados oficiales, que se les prometió una vez licenciados, un terreno y formación técnica. Un ejército digno es la exigencia, no formado en terror, eso vimos en las pantallas de televisión, parecía que se adoctrinaba a criminales y no a dignos soldados defensores de la integridad nacional, que dicho de paso está vendida por quienes permiten se nos robe impunemente territorio y esto desde hace siglos, perdimos con Colombia, Brasil, Chile, Ecuador.

Esa es la errada manera como un sistema gubernamental pretende imponer el orden, que no se origina caprichosamente en las masas, es un efecto por algo que tiene etiología y es el abuso de poder, la desfachatada pose soberbia de quienes siendo ministros o jefes de estado ofenden a un pueblo maltratado durante siglos, postergado en el uso de sus derechos de una vida digna y de calidad. Es la imagen de un pueblo “que se va al diablo” cuando no tiene modelos que seguir, cuando los que son líderes pierden la brújula y pervierten la sana manera de vivir y con sus actitudes nos dicen que delinquir, mentir, robar, engañar, violar y comercializar droga es la norma, porque ellos lo hacen con impunidad.

El pobre no tiene nada que perder, no tiene propiedades, riquezas ni joyas, no tiene yates, ni camionetas 4 x 4, lo único valioso que tiene es la vida y eso es lo que arriesga cuando en su afán de conseguir justicia pone el pecho frente a las balas y sus pulmones a los gases que usa el estado, en un afán de conseguir el control de aquello que se le va de las manos, su libertad y una vida digna.


Jorge Paredes Romero

 

 
     

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